Hay preguntas que no se hacen en voz alta. Pero cuando aparecen, ya no se van. Andrea Hernández lo recuerda bien. No fue un día en particular ni un momento exacto. Fue más bien una sensación que empezó a instalarse en la rutina: después de terminar la casa, de atender a sus hijos, venía el silencio. Y con él, la pregunta incómoda: ¿qué estoy haciendo con mi vida?
No se trataba de falta de trabajo, era otra cosa: sentirse estancada.
“Sentía que mi mente estaba dormida” dice mientras sus ojos se enrojecen.
Gabriela Romero, en cambio, no tenía ni tiempo para hacerse esa pregunta.
Su vida estaba ocupada: casa, la adolescencia de su hijo mayor que enfrentaba la etapa de rebeldía contra la autoridad de mamá, y, además, buscar opciones porque a veces el dinero no alcanzaba.
Una vida tan llena, que durante años no hubo espacio para algo propio.
Hasta que aprendió a cocinar, no por distracción, sino por necesidad. Lo dice literal: no sabía preparar nada.
No era vocación, era resolver
En el año 2018, en coordinación con el Gobierno del Estado, 125 empresas establecidas en el polígono industrial formaron la asociación civil Organismo de Guanajuato Puerto Interior (OGPI) para mejorar la calidad de vida de las familias que viven en 27 localidades cercanas. Así nació el Centro de Responsabilidad Social.
Para el año 2024 oficializan el cambio de nombre e imagen a COMUNDIMAX. Reciben la nominación ISO 26000 en responsabilidad social por sus mejoras en instalaciones para cursos, talleres, espacios deportivos y culturales. El significado representa “Comunidad” y “Mundial”, enfocado en ofrecer un espacio para el desarrollo y crecimiento de las personas.
Es precisamente en uno de estos talleres donde la vida de ambas mujeres se cruzó. Las dos llegaron al mismo taller, aunque en diferentes momentos y circunstancias: Andrea quería moverse. Gabriela quería aprender. Andrea necesitaba despertarse. Gabriela quería ser ejemplo para sus hijos.
Ninguna sabía que ahí iba a empezar otra etapa. A veces uno acude a los talleres para capacitarse, y terminan descubriendo su vocación.
Andrea empezó con talleres de dulces tradicionales. Luego vinieron otros. Ha tomado al menos unos cinco diferentes. Hasta sus hijos acuden a los cursos de verano porque en COMUNDIMAX mejoraron las instalaciones de juegos infantiles y áreas deportivas.
Hoy vende gelatinas artísticas a través de su marca “Dulces detalles”, también hace pasteles para fiestas. No es solo ingreso. Es otra forma de estar con la mente ocupada.
Ahora es mamá y, además, empresaria.
Gabriela tomó otro ritmo. Curso tras curso. Año tras año. Habilitó su propia cocina como taller culinario, primero fue alumna y tras ocho años de estar en COMUNDIMAX llegó a ser la maestra. También hubo cambios en su hogar poque a través del programa “Mi Negocio Pa´ Delante” adquirió un horno eléctrico, una batidora y mesa de trabajo.
Su hijo creció, se casó. Una de sus hijas está en preparatoria y la que está próxima a graduarse es su futura socia en negocio de pastelería que pusieron en la comunidad: “Gabis”.
“La confianza es como la masa madre: No dejar que se eche a perder”. Lo dice como quien ya entendió que no todo es la técnica.
En ambas historias hay algo en común que no se ve de inmediato: ninguna estaba esperando que algo cambiara por sí solo, ellas lo provocaron, Andrea, por ejemplo, viaja hasta 40 minutos para llegar a clases. Tiene convicción.
Gabriela repite procesos hasta dominarlos. En el camino aparecen talleres, capacitaciones, apoyos impulsados desde el Gobierno del Estado de Guanajuato.
Pero no son el inicio. Son parte del trayecto. Porque antes de cualquier herramienta, hubo una decisión más difícil: no quedarse estancada.
Hoy, una enseña. La otra empieza a construir su propio espacio de trabajo. Ninguna habla de éxito como meta final. Hablan de movimiento. De no volver al punto donde todo parecía detenido.
Y eso, aunque no siempre se diga así, también transforma a quienes están alrededor: hijos que observan, alumnas que replican, vecinas que preguntan cómo empezar.
Al final, no se trata solo de aprender a hacer pan o gelatinas. Se trata de reconocer ese momento, a veces silencioso, a veces incómodo, en el que una persona decide cambiar algo. Y sostener esa decisión. Los cursos y talleres están ahí: solo falta acudir para que cada persona decida su destino
