¿Cuánto falta para que termine el mes?
Hoy basta con mirar un calendario o revisar el celular.
Hace más de mil años, quienes habitaron Cañada de la Virgen, en San Miguel de Allende, tenían otra forma de responder esa misma pregunta: Miraban el cielo y observaban desde una construcción que aún permanece en pie.
La Casa de los Trece Cielos parece, a primera vista, una gran plaza rodeada de plataformas y coronada por un templo. Sin embargo, detrás de los muros de lo que se identifica como conjunto principal existe una historia mucho más interesante.
La arqueóloga Gabriela Zepeda, quien encabezó durante años las investigaciones en Cañada de la Virgen, planteó una de las interpretaciones más aceptadas hasta el momento: que la Casa de los Trece Cielos refleja la relación entre el ser humano, el paisaje y el cielo.
Pero aquella visión del mundo no estaba separada de la vida cotidiana.
El arqueólogo Omar Cruces explica que el basamento principal no funcionaba solamente como templo. También era un marcador astronómico.
Desde este lugar, el movimiento solar permitía identificar fechas importantes a lo largo del año.
Cuando el sol se ocultaba sobre determinados puntos de la estructura, quienes observaban sabían que había transcurrido un periodo específico de tiempo.
Veinte días, seguido de otros veinte y después otros veinte más.
Los antiguos meses no duraban 30 o 31 días como los actuales. Estaban organizados en periodos conocidos como veintenas. El paisaje, los cerros y el recorrido del sol ayudaban a reconocer ciclos de siete, trece y veinte días.
Observar el cielo ayudaba a saber cuándo sembrar, cuándo prepararse para las lluvias y cuándo realizar ceremonias importantes para la comunidad.
La construcción también guarda otro detalle: alrededor del patio central existen doce habitaciones distribuidas en tres plataformas: cuatro al norte, cuatro al oriente y cuatro al sur.
La habitación número trece se encuentra en la parte más alta del conjunto: es el templo.
Por eso este lugar es conocido como la Casa de los Trece Cielos.
Pero quizá para algunos visitantes lo más sorprendente no está en la piedra ni en los números: está en el agua.
Durante la temporada de lluvias, el patio hundido podía llenarse y convertirse en un espejo. Entonces el cielo dejaba de estar únicamente arriba.
También aparecía abajo, reflejado sobre la superficie del agua.
Por unos momentos, el cielo parecía tocar la tierra.
Más de mil años después, las piedras siguen donde fueron colocadas y las preguntas son las mismas: cómo entender el paso del tiempo, cómo interpretar la naturaleza y cómo encontrar nuestro lugar en el mundo.
Como ocurre con toda investigación arqueológica, los descubrimientos continúan y nuevas evidencias pueden ampliar o modificar lo que hoy sabemos sobre este lugar.
Sin embargo, hay algo que permanece.
La Casa de los Trece Cielos no era solamente un edificio.
Era una forma de explicar el universo y, al mismo tiempo, una herramienta para medir el paso del tiempo.

