León, Gto.- Un día, un niño japonés descubrió que en la biblioteca a la que acudía no había libros infantiles escritos en su idioma. En lugar de conformarse, decidió regresar con una colección para que otros niños encontraran en los estantes aquello que él había echado de menos.
Años después, la Embajada de Japón se sumó con más ejemplares. Pero el primer impulso nació de un niño.
Para quienes trabajan en la Biblioteca Central Estatal Wigberto Jiménez Moreno, en la ciudad de León, esta es apenas una de las muchas historias que han visto durante los últimos años. Porque cuando una persona siente que un lugar también le pertenece, tarde o temprano encuentra la manera de devolverle algo.
Han pasado diecinueve años desde que la Secretaría de Cultura de Guanajuato comenzó a realizar de manera ininterrumpida —con la excepción obligada de la pandemia— el programa Mis Vacaciones en la Biblioteca. Podría pensarse que su permanencia se explica por los talleres, los cuentos o las manualidades. Sin embargo, basta conversar unos minutos con las bibliotecarias que lo hacen posible para descubrir que el verdadero secreto se sostiene sobre tres palabras: comunidad, confianza y pertenencia.
No es una conclusión que nació de las estadísticas, sino de casi dos décadas viendo crecer generaciones enteras.
Hay niños que un verano entraron con timidez y hoy regresan convertidos en universitarios para realizar su servicio social. Como Cristián, quien primero participó en las actividades de la biblioteca y ahora coordina algunos talleres para las nuevas generaciones.
También están las gemelas que durante años asistieron a las actividades, más tarde realizaron aquí su servicio social y hoy una de ellas está por convertirse en mamá. Ángeles Rodríguez, una de las bibliotecarias, sonríe al recordar que cuando volvió a verla embarazada pensó inmediatamente en invitarla a la Bebeteca.
Gerard llegó a la biblioteca cuando apenas tenía cinco años. Al principio hubo que convencerlo para participar. Hoy forma parte del grupo de niños narradores y continúa encontrando en la biblioteca un espacio para desarrollar su creatividad.
No son casos aislados. Son la evidencia de lo que se construye lentamente. Elba, Ángeles, Estrella y Lidia, que coordinan buena parte de las actividades infantiles acumulan décadas viendo pasar infancias completas. Han aprendido a reconocer al niño que llega con miedo, al que no quiere separarse de su mamá, al que termina pidiendo quedarse un rato más y al que, años después, vuelve acompañado de sus propios hijos.
“Los ves crecer y ellos también te reconocen”, dice Estrella.
Quizá por eso, cuando hablan del programa, casi nunca mencionan primero los libros. Hablan de las familias. De los abuelos que llevan a sus nietos cuando los padres trabajan. Del niño que convenció a su papá de regresar a la biblioteca después de conocerla en una visita escolar. Hablan de las madres que comenzaron asistiendo a un taller para bebés y hoy forman una comunidad que sigue reuniéndose.
Después de tantos años hay algo que tienen claro: la lectura rara vez empieza sola. Casi siempre comienza con un adulto que decide abrir una puerta.
Detrás de esa experiencia cotidiana existe un trabajo silencioso. La Secretaría de Cultura de Guanajuato mantiene abiertos estos espacios públicos, fortalece el acervo bibliográfico, renueva constantemente los libros, impulsa la programación cultural y brinda a las bibliotecarias la libertad para adaptar cada edición del programa a los intereses de las niñas y los niños que llegan cada verano.
Los ingredientes están ahí. La diferencia la pone quien cocina.
Cada biblioteca recibe la misma guía nacional de actividades. Sin embargo, cada equipo termina imprimiendo su propio sello a partir de la experiencia acumulada, del conocimiento que tiene sobre su comunidad y de la confianza para proponer nuevas ideas.
Eso explica por qué aquí los cursos de verano no terminan cuando concluyen las vacaciones. Muchos niños vuelven durante el resto del año. Otros regresan convertidos en adolescentes. Algunos llegan con sus hermanos menores. Otros con sus hijos. Y unos cuantos, como aquel niño japonés, encuentran la manera de enriquecer el lugar que un día los hizo sentirse parte de él.
Porque hay bibliotecas donde los libros cambian de manos. Las historias, en cambio, regresan caminando por la misma puerta.

