Fernanda Anaya quería ser influencer.
Como miles de jóvenes de su generación, abrió un canal de YouTube, aprendió a grabar, editar videos y comenzó a convivir con algo que hoy parece normal: la presión de los “likes”, los seguidores y las métricas.
Pero en medio de todo eso ocurrió algo que terminó cambiándole la manera de ver las redes sociales.
Comenzó a sentirse insegura. A preocuparse por la aceptación digital. A cuestionarse si lo que hacía era suficiente.
Y entonces se hizo una pregunta que años después terminaría convirtiéndose en un proyecto social:
—Si esto me está pasando a mí a los 21 años… ¿qué sentirán los niños?
La pregunta no surgió desde un escritorio ni desde una teoría académica. Surgió desde la experiencia de una joven que creció dentro del algoritmo.
Porque Fernanda pertenece justamente a esa generación que aprendió a convivir con redes sociales antes de entender realmente cómo podían afectar emocionalmente a las personas.
Hoy, a sus 29 años y recién graduada como psicóloga social, decidió transformar esa experiencia en una propuesta enfocada en salud mental y educación digital.
Su proyecto se llama EDCM: Educación Digital para la Salud Mental.
La idea no es prohibir la tecnología ni satanizar las redes sociales. Al contrario. Lo que busca es ayudar a las familias a comprender cómo convivir con ellas de una manera más sana y consciente.
Porque, aunque hoy parezca normal vivir pegados al celular, Fernanda considera que muchas veces la tecnología avanzó más rápido que nuestra capacidad emocional y educativa para entenderla.
Y los ejemplos están en la vida diaria: niños que se desesperan cuando les quitan el teléfono, jóvenes pendientes de la aprobación digital, personas que pasan horas viendo videos sin darse cuenta del tiempo invertido, familias o reuniones de amigos en las que se está más al pendiente de lo que pasa en la pantalla, que de la charla.
“Antes te aburrías y te ponías a crear cosas. Ahora el aburrimiento se resuelve con una pantalla”, explicó.
Fernanda no solo se quedó con la experiencia, sino que la transformó en talleres, contenidos y estrategias enfocadas en crear hábitos digitales saludables.
Su proyecto contempla trabajo con estudiantes, docentes y padres de familia, porque considera que el problema no puede atenderse únicamente desde un salón de clases.
“Todos nos involucramos. Los hábitos digitales vienen desde casa y también se reflejan en la escuela”, comentó.
Actualmente, Fernanda trabaja en el desarrollo de escuelas piloto donde se implementará una intervención de tres meses para medir resultados y fortalecer nuevas estrategias de prevención y acompañamiento emocional.
Encontró respaldo en Juventudes Gente, posteriormente en la Secretaría de Educación de Guanajuato, instancias que han permitido acercar la propuesta a espacios educativos y mesas de trabajo.
Para muchas y muchos jóvenes, tener una oportunidad de estudiar, encontrar trabajo o recibir acompañamiento en proyectos de este nivel puede cambiar por completo el rumbo de su vida.
El acompañamiento va más allá de entregar un apoyo o lanzar una convocatoria, aseguró la directora general de Juventudes Gente, Regina Trujillo.
Señaló que detrás, hay historias, sueños y metas personales que buscan crecer, aprender y abrirse camino.
“Para nosotros es fundamental acompañarlos porque son quienes impulsan la economía, la cultura y la vida de nuestros municipios”, dijo Regina Trujillo.
Añadió que muchas veces lo más importante no es únicamente promover un proyecto, sino ayudar a encontrar opciones para seguir adelante y no perder de vista sus objetivos.
La directora explicó que cada convocatoria lleva un proceso de revisión para conocer de cerca a quienes participan y seleccionar proyectos, perfiles e historias que puedan generar un impacto positivo en su entorno, su familia y su comunidad.
Más que protagonizar el proyecto, las instituciones funcionan como puente para que esta iniciativa juvenil llegue a más estudiantes y comience a generar diálogo sobre un tema que cada vez tiene mayor presencia en la vida cotidiana de las familias.
Para Fernanda, eso ha significado algo importante: sentirse escuchada.
“Me han dado una ventana de oportunidad para que esta idea pueda convertirse en algo que realmente impacte a la sociedad”, señaló.
Mientras las redes sociales siguen creciendo y la inteligencia artificial comienza a formar parte de la vida cotidiana de millones de personas, Fernanda insiste en algo que parece sencillo, pero que pocas veces nos detenemos a pensar:
No se trata de desconectarse de la tecnología. Se trata de no desconectarnos de nosotros mismos.
